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Autor: Héctor Cancino T.
Socio N° 967
NOTA: este artículo fue seleccionado del boletín de ACHAYA de agosto de 1992.
A Galileo se le conoce por el gran aporte que hizo en física y fundamentalmente en astronomía, a través de muchos descubrimientos, inventos e ideas, gran parte de los cuales son archi conocidos. Sin embargo, no siempre se conoce el entorno en que vivió Galileo ni las vicisitudes por las cuales tuvo que pasar y cómo sus ideas lograron imponerse. Claro que ello no es fácil ni corto de exponer.
Galileo vivió una época de eclosiones importantes del mundo occidental. Recordemos que la imprenta producía la primera gran revolución de las comunicaciones que, en su tiempo, fue mucho más importante de lo que hoy son las radiocomunicaciones computarizadas.
Venecia, región vecina a la de la cuna del florentino, era un "puerto libre", centro comercial del Mediterráneo y de Europa, con leyes liberales que fomentaban el intercambio comercial, y con ello el conocimiento de otras latitudes, idiomas, costumbres, artes, religiones y filosofías.
El descubrimiento de América y la vuelta alrededor del mundo de Magallanes habían comprobado fehacientemente la redondez de la Tierra, ampliando enormemente su "tamaño".
Martín Lutero, al revelarse contra Roma, había producido una gran trizadura religiosa que sacudía las mentes aprisionadas bajo un yugo prácticamente milenario.
Los imperios crecían como nunca antes lo habían hecho, amenazando a las naciones tradicionales (recordemos, por ejemplo, que en el imperio de Carlos V no se ponía el Sol).
Las artes florecían en Italia, Francia, en el centro de Europa, así como en la península Ibérica, Inglaterra y los Países Bajos.
Los viajes de exploración y conquista de lejanas tierras hacían bullir las mentes osadas de conquistadores y monarcas ambiciosos.
Entretanto las ciencias empezaban a liberarse de las añejas ataduras del conocimiento griego, especialmente de las ideas de los peripatéticos que, con Aristóteles a la cabeza, habían regido por caso 2.000 años.
Copérnico ya había expuesto su teoría heliocéntrica, aunque sin mayores pruebas, simplemente como una especulación matemática (así por lo menos se decía). Espíritus preclaros como el de Giordano Bruno se habían percatado de su realidad y la defendieron hasta con su vida. Galileo participó en esta línea.
Tycho Brahe había hecho precisas mediciones de estrellas y planetas. Kepler, contemporáneo de Galileo heredó esos datos y, gracias a ellos, pudo enunciar sus tres leyes famosas. No obstante, ¿cómo llegó Galileo a ser un copernicano tan convencido?. La verdad empieza, cuando estando en la Universidad de Pisa, toma contacto con las matemáticas. A contracorriente él estudiaba medicina, presionado por su padre, entonces, asistiendo a unas clases de geometría se despertó en él, para su propia sorpresa, un vehemente entusiasmo por las ciencias exactas, que le hicieron dejar definitivamente los estudios médicos, sin recibir título alguno.
Se dedica entonces a estudiar geometría, matemáticas, filosofía y astronomía, pasando a convertirse en un fiel exponente de la época renacentista. Al contrario de los griegos, Arquímedes por ejemplo, el florentino fue un hombre práctico, de acción, propia de un mundo de navegantes, comerciantes, artesanos y artistas. Hombres que no desdeñan el trabajo manual, como los intelectuales griegos que lo despreciaban (a lo sumo, llegaron a hacer "experimentos mentales").
En efecto, la mayor cualidad de Galileo fue aunar unas manos hábiles con una mente lúcida, un genio matemático con un criterio industrioso. Por eso se le considera el padre de la física experimental, porque supo, no obstante los rudimentarios medios de que disponía, montar dispositivos que permitieron demostrar verdades que habían permanecido ocultas desde el principio de los tiempos y, lo que es más elocuente, desmentir ideas que se tenían por ciertas desde tiempos remotos, echándolas por tierra, ante la mirada atónita del mundo culto de su época.
De esta conjunción de habilidades emanó, por ejemplo, una balanza hidrostática, el péndulo aplicado a la medición del tiempo, un compás militar (especie de regla de cálculo), un termómetro o termoscopio, el microscopio compuesto y el anteojo astronómico, entre mucho otros ingenios de menor monta.
Entre sus estudios de física cabe recordar las leyes de la caída de los cuerpos, la trayectoria parabólica de los proyectiles, el isocronismo del péndulo, el movimiento acelerado, la relatividad del movimiento, etc.
En astronomía sus aportes fueron espectaculares. Galileo dio inicio a la astronomía telescópica al convertir un simple juguete óptico holandés en un instrumento científico, con el que abrió las ventanas del cielo a la humanidad. Con este simple instrumento dio el espaldarazo empírico que necesitaba la teoría de Copérnico.
Sus descubrimientos de las montañas de la Luna y el cálculo de sus alturas, echaron por tierra la afirmación de que los cuerpos celestes eran esferas perfectas; las manchas solares demostraron la rotación del Sol que se creía fijo y perfecto; la descomposición de la Vía Láctea en estrellas diminutas y distantes rompieron para siempre las esferas cristalinas sustentadas por Ptolomeo; las fases de Venus demostraron claramente que este cuerpo describía una órbita alrededor del Sol; en fin, el cortejo lunar de Júpiter probaba la similitud con el sistema heliocéntrico de Copérnico. Estos fueron los más significativos aportes de Galileo, uno sólo de los cuales hubiese sido suficiente para hacerlo famoso.
Pero tan importante como estos aportes es la actitud y porfía de Galileo para imponerlos. Convencido de la verdad del sistema heliocéntrico, lo enseñó, difundió y defendió con toda su pujanza, destreza y sabiduría. Creía que la posesión de la verdad le daba un arma invencible. Más, pecó de ingenuo. No supo medir la potencia de sus enemigos que cobijados bajo la égida de la Iglesia, le dieron con todo.
Si no llegó a la hoguera como Giordano Bruno tres décadas antes, fue porque antes del juicio que le impuso la Inquisición, había acumulado un prestigio que traspasaba, no sólo los límites del país florentino y de Italia, sino de toda la Europa y, algo muy importante porque fue amigo del Papa cuándo éste era aún cardenal. Este no perdonó que Galileo osara inmiscuirse en temas teológicos propios de la Iglesia, pero a su vez, tampoco dejo caer todo el peso de la Inquisición sobre él, ya viejo y enfermo, cosa que los más recalcitrantes aristotélicos hubiesen deseado.
Los historiadores dividen la época moderna de la antigua por una fecha: 1543, año de la publicación de Copérnico (y de su muerte). No obstante, debieron pasar 100 años para que se le reconocieran sus méritos.
En el intertanto, ni Tycho con precisas mediciones, ni Kepler con sus enredadas publicaciones, impregnadas de extravagantes ideas como creer que los planetas emitían sonidos celestiales (y por tanto tenían relaciones cuantitativas con la música) o que ocupaban espacios regidos por geometrías pitagóricas, fueron capaces de describir el Universo de modo de destruir las ideas de los epiciclos y esferas ptolemaicas.
Fue Galileo quien puso las cosas en su lugar. Fue Galileo quien encumbró en sus hombros las figura de Copérnico a su verdadero sitial. Fue Galileo quien dio el definitivo y fundamental golpe de timón que trocó los tiempos antiguos aristotélicos y rígidos, en los tiempos modernos, lógicos y flexibles.
Desde Galileo, la búsqueda de la verdad de la Naturaleza se hace fundamentalmente por la vía de la experimentación.
¡El desarrollo del hombre pasa irremediablemente por un hombre pelirrojo, locuaz y tozudo: Galileo Galilei! |